El carnaval de Lincoln no es gratis

Toda idea que se sostenga sobre un concepto equivocado, estará errada. El carnaval de Lincoln no es gratuito, por eso discrepo con esta mentirosa forma de gestionarlo, que se viene implementando en los últimos 15 años.

Este modelo de estatización de nuestra fiesta mayor, ha demostrando ser el más costoso de todos. Incluyendo la de este año, en las últimas 16 ediciones, los linqueños habremos desviado más de $ 800.000.000 (ochocientos millones) para financiar las pérdidas de la organización del carnaval. Esto equivale al 80 % del total de un presupuesto municipal anual. Digo desviar, porque su realización no está dentro de las funciones básicas del estado municipal y, por ende, no se recauda ningún tributo específico para financiarla. Es decir que se utiliza el dinero recaudado para otros fines, como la conservación de la vía pública o de la red vial, por ejemplo.

Los números de los 3 últimos presupuestos municipales resultan por demás elocuentes. El dinero público destinado a cubrir el déficit financiero del carnaval equivale a toda la recaudación anual de la tasa de conservación de la vía pública de las 11 localidades que integran el Partido.

Presupuesto 2017

Conservación de la Vía Pública $ 18.725.000

Carnaval $ 19.064.100

Presupuesto 2018

Conservación de la Vía Pública $ 20.500.000

Carnaval $ 25.000.000

Presupuesto 2019

Conservación de la Vía Pública $ 36.500.000

Carnaval $ 35.209.569

De estos datos, concretos y reales, se desprende que si la organización del carnaval no arrojara pérdidas, se podría dejar de cobrar la totalidad de la tasa de Conservación de la Vía Pública y el presupuesto municipal mantendría su equilibrio. Por si no quedó claro, la ineptitud de los organizadores del carnaval, la pagamos con la tasa municipal de todo el Partido, durante todo el año.

Pero si la obscenidad financiera no bastara, mi discrepancia también es conceptual, puesto que estatizar una fiesta popular, atenta contra su espíritu original. La celebración carnestolenda en nuestra ciudad, data de fines del siglo XIX. Y si a lo largo del tiempo se ha ido convirtiendo en algo tradicional y emblemático, ha sido por el trabajo y la creatividad de sus artesanos tanto de la cartapesta, de las comparsas, como de la mecánica. Lincoln ganó fama y prestigio como Capital del Carnaval, por sus más de 100 años de trayectoria conservando y desarrollando esas características particulares. Más de 100 ediciones de carnaval gestionadas por el pueblo mismo, a través de comisiones integradas por vecinos que trabajaron ad honorem. Hablo con conocimiento de causa porque tuve oportunidad de trabajar de forma voluntaria en la organización del carnaval 2003, la última edición popular, no estatizada.

Al decir estatización, me refiero a la millonaria inversión de fondos públicos para su organización, con el consecuente direccionamiento político del poder de turno. Una fiesta que pagamos entre todos, desde el más pobre hasta el más rico, pero que se hace según el antojo del intendente del momento.

Por lo antes expresado está claro que esto no ha sido siempre así, este modelo se aplica desde la edición del año 2004 y conlleva un alevoso uso político de la fiesta en favor del jefe comunal. Pero uno de los hechos que más repudio merece, es el que se introdujo como innovación este año, me refiero a la creación de la Agencia Municipal del Carnaval. Es la consumación burocrática de la práctica en cuestión. A partir de este año, la organización del carnaval ya está estatizada también en los papeles. Este intendente coronó la continuidad del carnaval impuesto por el anterior, con la generación de una nueva estructura estatal para concentrar aún más el control político sobre lo que otrora fuera una genuina fiesta popular. Y la intervención llegó a punto tal, que ahora el organizador es una sola persona, con la categoría de sub secretario y que cobra un sueldo mensual durante todo el año que nos cuesta $ 1.000.000 (un millón). Tremenda ironía para una fiesta que se dice ser gratis. Pero peor humillación para los cientos de linqueños que a lo largo de la historia trabajamos de manera desinteresada, siendo parte de las sucesivas comisiones voluntarias que forjaron los antecedentes sobre los que este rentado hoy se sube.

Otra realidad que confirma las malas gestiones, es que tras 15 años de gastos millonarios no se ha capitalizado nada. Nuestro carnaval no tiene sillas, ni mesas, ni tribunas, ni escenario, ni vallas, ni baños químicos, ni nada propio. Cada año se vuelve a alquilar todo.

Frente a esto, que no lo comparto en absoluto, insisto con mi propuesta de volver a las raíces, de valorar la historia, de conservar las tradiciones que lo hicieron trascender y que el carnaval de mi ciudad siga siendo una auténtica fiesta popular.

Con una estructura u otra, las distintas comisiones organizadoras siempre lograron reunir los recursos necesarios para cubrir los gastos de organización, y cuando lo han necesitado, sí estuvo el municipio para colaborar y poder cumplir con las obligaciones. Del mismo modo se puede continuar organizando hoy, abriendo el juego a la participación ciudadana, desterrando el uso político y por sobre todo, eliminando la corrupción. Porque si para algo ha servido este modelo con inversión millonaria del municipio, ha sido para robar. La estatización del carnaval, mal que nos pese, lo ha convertido en la principal caja negra política local.

Por todo lo dicho, a partir de 2020 quiero poner fin a esta degradación de nuestra fiesta mayor. Me niego a que bajo la mentira de su gratuidad, uno siga cobrando y otros muchos robando. El carnaval se debe hacer, de la misma manera que se hizo grande, con gente que trabaje con compromiso y por vocación. Está bien arraigado y ha demostrando capacidad para autofinanciarse. El principal destino de sus recursos, debe ser la lista de premios. E incrementar la recompensa para todos los artesanos, es la mejor manera de elevar la calidad de nuestra fiesta mayor.

Y si el soberano en las urnas, ratificara la continuidad de este modelo, entonces como ciudadano y contribuyente, les pediré que dejen de lado la hipocresía. Si creen pertinente sostener semejante fiesta con la plata de pueblo, pues que tengan el coraje necesario para crear un nuevo tributo municipal destinado a financiar el carnaval y dejen de desviar fondos. Porque lo que perciben a través de la tasa de conservación de la red vial, es para gastar en el arreglo de los caminos, no en fiestas.

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